PODER BLANDO EN CUARENTENA

Enric-Sol Brines i Gómez

És profesor de Diplomacia Pública y Negociación Internacional de la Universidad Internacional de Valencia y miembro del Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado. Ex alumno del Colegio de Europa (Brujas) y de la Escuela Diplomática de España (Madrid), cuenta con experiencia profesional en una docena de países de los cuatro continentes.     

PODER BLANDO EN CUARENTENA

Kissinger solía comparar la profesión del diplomático con la del jardinero, ya que ambos plantaban semillas que darían frutos en el largo plazo. Una de las prácticas centrales de la diplomacia del siglo XXI es la diplomacia pública, esto es, los esfuerzos de un gobierno por comunicarse directamente con los públicos de otros países. Y aunque en mitad de esta crisis global de salud pública, pareciera que la diplomacia pública apenas tuviera importancia, lo cierto es que la tiene. Y la tendrá aún más cuando salgamos de la pandemia y aparezca el nuevo escenario geopolítico. 

De hecho, la diplomacia pública es una de las principales fuentes para generar poder blando. Para Nye, esta es la habilidad de influenciar el comportamiento de otros y obtener los resultados que se desean. En un mundo en el que el uso de la fuerza o poder duro está cada vez menos respaldado por las opiniones públicas (que se lo digan a Aznar), el poder blando emerge como fundamental. Por eso, la reputación se vuelve aún más importante y vemos como los nuevos campos de batalla se focalizan en la creación y la destrucción de la credibilidad. 

En tiempos de confinamiento, el uso de Internet se ha doblado. En el caso de algunas aplicaciones como WhatsApp se ha multiplicado por cinco. Por ello, el poder para atraer y persuadir se vuelve crucial. Con unos costes de procesar y transmitir información cada vez menores, su cantidad aumenta geométricamente lo que paradójicamente reduce nuestros niveles de atención. Por eso, el uso de las redes como un arma se multiplica.

Si cerramos los ojos y pensamos en China y la pandemia, a muchos nos vendrán a la memoria las espectaculares imágenes a cámara rápida de la construcción, en solo diez días, de un hospital en Wuhan. De Estados Unidos quizá evoquemos las imágenes más difundidas hasta ahora: kilométricas colas de coches para acceder a supermercados. O peor, las brutales imágenes de fosas comunes en una isla de Nueva York. 

Y es que la crisis del Covid-19 ha acelerado la insistencia de Trump en minar el capital de poder blando de los EE.UU. a cambio de ganar votos para las presidenciales. Esta actuación cortoplacista e interesada ya se reflejaba en encuestas de opinión o índices como el de “Poder Blando 30” de Portland. En ellos, el poder blando norteamericano caía desde el comienzo de su mandato. Con la pandemia, esta tendencia se ha reforzado. Trump ninguneó los riesgos del virus hasta bien entrado marzo. El día diez denunció a los demócratas por exagerar los riesgos. Y sólo a partir del once cambió radicalmente de estrategia y asumió la crisis, aunque mantuvo machaconamente en sus discursos el uso del término virus chino al referirse al coronavirus o SARS-CoV-2. 

Esta política doméstica hipócrita, arrogante e indiferente a las opiniones de los demás, mina el poder blando. La reputación global de EE.UU. cayó tras la invasión de Irak en 2003 y vuelve a caer ahora. Los escépticos sostienen que estos ciclos prueban la poca relevancia del poder blando. Según estos autores, los países cooperan por conveniencia propia. Nye les acusa de ignorar el hecho de que la cooperación es una cuestión de grado, afectado por la atracción o la repulsión.

En España, durante los primeros días de confinamiento, comparar la cuenta de Twitter de la embajada de los EE.UU. con la de China era desolador. Mientras la segunda era proactiva, positiva y resaltaba la colaboración y ayuda que llega desde la República Popular, la otra fue reactiva y negativa, atacando a China y recordando sus errores. Además de una embajada china hiperactiva en las redes, la propia Casa Real agradecía a Huawei donaciones de mascarillas o directamente gestionaba otras tantas con Alibaba.

Una excepción fue el tuit de Ivanka, la hijísima, donde agradecía la labor de fuerzas de seguridad de todo el mundo con un vídeo de policías mallorquines bailando el “Joan Petit”. Un mensaje positivo con un guiño especial hacia España, donde ya sufríamos la pandemia de pleno. An así, el sentimiento general entre españoles, pero también entre los europeos, era de ausencia de solidaridad de la superpotencia. No solo simbólica (en la falta de apoyo de un aliado), sino también material. Hasta el punto que, el 16 de marzo, el ministro de economía alemán declaró rotundamente que “Alemania no estaba en venta”, a raíz del plan de Trump de hacerse en exclusiva con la vacuna contra el coronavirus que investigaba un laboratorio germano. Estados Unidos no sólo no nos apoyaba, sino que directamente pasaba a competir con los europeos y a minar nuestra estrategia de lucha contra el coronavirus.

Parece que las alarmas saltaron entre los funcionarios del departamento de Estado. Desde el 25 de marzo se desplegó una nueva estrategia de diplomacia pública centrada en el ámbito digital. Los nuevos tuits de la embajada en España pasaron a reconocer la labor de trabajadores esenciales y a reflejar el apoyo de empresas estadounidenses a España durante la pandemia. 

Por suerte, el poder blando de un país no sólo depende de sus políticos. También de la sociedad civil. Funcionarios, artistas y empresarios estadounidenses realizan acciones para compensar la pérdida de poder blando causada por las cúpulas dirigentes y su menguante diplomacia pública. Pero el país acabará pagando estos años perdidos. Si la diplomacia es como la jardinería, en el caso de la diplomacia pública, las semillas que se plantan son de robustos árboles. Y las que no plantó Estados Unidos en esta crisis, resultarán en grandes claros dentro de unos años. El riesgo es que muchos acaben buscando refugio en el futuro bosque de la tecnodictadura china. 

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